Me he fallado a mí mismo
Dicen que los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano y a menudo nos sobran dedos, haciéndonos ver con esto que es lo más escaso que tenemos, pero yo digo que si de verdad buscásemos algo para que realmente nos sobraran los dedos serían las promesas que nos hacemos a nosotros mismos y que por regla general solemos saltarnos sin a menudo sentir un ápice de culpa Nos duele (Y creo que hablo por la gran mayoría) cuando no podemos realizar algo que prometimos a alguien que queremos, tenemos un sentimiento de culpa que nos reconcome por dentro hasta el punto de no dejarnos dormir si quiera, pero todo cambia cuando somos nosotros mismos el objeto de esa promesa, y todo acaba en los típicos "mañana empiezo seguro" o los "no volveré a caer" que te repites día sí y día también hasta que el tiempo hace que olvides siquiera lo que en su día ibas a empezar. Tal vez sea porque es mucho más fácil escoger lo sencillo, tal vez sea porque pensamos que la recompensa no merece el esfuerzo que ello requiere, o tal vez sea porque en el fondo no nos respetamos a nosotros mismos Me he dado cuenta hoy de que valoro más las promesas -hasta las simples palabras- que dedico a todo aquél que no comparte mi nombre, que las que comparto conmigo mismo: Aposté por la comodidad y por el bienestar, y ahora pago siendo una sombra de quien verdaderamente pude y quise ser Pero no quiero engañarme: Tal vez me diera cuenta hace mucho tiempo, pero solo hoy he tenido el coraje de afrontarlo como realmente la gente de verdad afronta los problemas
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